| Nunca recordaremos haber
muerto.
Tanta paciencia
para ser tuvimos
anotando
los números, los días,
los años y los meses,
los cabellos, las bocas que
besamos,
y aquel minuto de morir
lo dejamos sin anotación:
se lo damos a otro de recuerdo
o simplemente al agua,
al agua, al aire, al tiempo.
Ni de nacer tampoco
guardamos la memoria,
aunque importante y fresco
fue ir naciendo;
y ahora no recuerdas ni un
detalle,
no has guardado ni un ramo
de la primera luz.
Se sabe que nacemos.
Se sabe que en la sala
o en el bosque
o en el tugurio del barrio
pesquero
o en los cañaverales
crepitantes
hay un silencio extrañamente
extraño,
un minuto solemne de madera
y una mujer se dispone a parir.
Se sabe que nacimos.
Pero de la profunda sacudida
de no ser a existir, a tener
manos,
a ver, a tener ojos,
a comer y llorar y derramarse
y amar y amar y sufrir y sufrir,
de aquella transición
o escalofrío
del contenido eléctrico
que asume
un cuerpo más como una
copa viva,
y de aquella mujer deshabitada,
la madre que allí queda
con su sangre
y su desgarradora plenitud
y su fin y comienzo, y el desorden
que turba el pulso, el suelo,
las frazadas,
hasta que todo se recoge y
suma
un nudo más el hilo
de la vida,
nada, no quedó nada
en tu memoria
del mar bravío que elevó
una ola
y derribó del árbol
una manzana oscura.
No tienes más recuerdo
que tu vida.
Plenos Poderes (1962), Pablo
Neruda. |