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Cada día la vida desvelaba el pudor escondido en las hermosas voces. Descubrir que doña Amparo, la maestra, no era la torre fuerte, endurecida y fría que pensáramos siempre. Aquel jueves, cuando los aviones en círculo volaron a la hora del recreo y calleron las bombas al lado de la escuela... Perdió la compostura la maestra. Nos buscaba llorando y abrazaba con fuerza cada cuerpo, gozosamente incrédula. Delicadamente palpaba las cabezas y reía besándonos como si su premio fuera estar ilesos. Esa mañana supe que era de carne y lágrimas como las otras madres. Y descubrir aquello me puso un nudo amargo en la garganta. Es decir ya estábamos en medio de la calle, igual que muchos. Sin un muro, sin una mujer grande que fuera a protegernos de la guerra. Que, doña Amparo, la maestra, era leña para quemar, igual que todos. |