Cuando nuestros genes no pudieron
almacenar toda la información necesaria para la supervivencia, inventamos
lentamente los cerebros. Pero luego llegó el momento, hace quizás
diez mil años, en el que necesitamos saber más de lo que
podía contener adecuadamente un cerebro. De este modo aprendimos
a acumular enormes cantidades de información fuera de nuestros cuerpos.
Según creemos somos la única especie del planeta que ha inventado
una memoria comunal que no está almacenada ni en nuestros genes
ni en nuestros cerebros. El almacén de esta memoria se llama biblioteca.
Un libro se hace a partir de un árbol.
Es un conjunto de partes planas y flexibles (llamadas todavía "hojas")
impresas con signos de pigmentación oscura. Basta echarle un vistazo
para oír la voz de otra persona que quizás murió hace
miles de años. El autor habla a través de los milenios de
modo claro y silencioso dentro de nuestra cabeza, directamente a nosotros.
La escritura es quizás el mayor de los inventos humanos, un invento
que une personas, ciudadanos de épocas distantes, que nunca se conocieron
entre sí. Los libros rompen las ataduras del tiempo, y demuestran
que el hombre puede hacer cosas mágicas.
Algunos de los primeros autores escribieron
sobre barro. La escritura cuneiforme, el antepasado remoto del alfabeto
occidental, se inventó en el Oriente próximo hace unos 5.000
años. Su objetivo era registrar datos: la compra de grano, la venta
de terrenos, los triunfos del rey, los estatutos de los sacerdotes, las
posiciones de las estrellas, las plegarias a los dioses. Durante miles
de años, la escritura se grabó con cincel sobre barro y piedra,
se rascó sobre cera, corteza o cuero, se pintó sobre bambú
o papiro o seda; pero siempre una copia a la vez y, a excepción
de las inscripciones en monumentos, siempre para un público muy
reducido. Luego, en China, entre los siglos segundo y sexto se inventó
el papel, la tinta y la impresión con bloques tallados de madera,
lo que permitía hacer muchas copias de una obra y distribuirla.
Para que la idea arraigara en una Europa remota y atrasada se necesitaron
mil años. Luego, de repente, se imprimieron libros por todo el mundo.
Poco antes de la invención del tipo móvil, hacia 1450 no
había más de unas cuantas docenas de miles de libros en toda
Europa, todos escritos a mano; tantos como en China en el año 100
a. de C., y una décima parte de los existentes en la gran Biblioteca
de Alejandría. Cincuenta años después, hacia 1500,
había diez millones de libros impresos. La cultura se había
hecho accesible a cualquier persona que pudiese leer. La magia estaba por
todas partes.
Más recientemente los libros se han
impreso en ediciones masivas y económicas, sobre todo los libros
en rústica. Por el precio de una cena modesta uno puede meditar
sobre la decadencia y la caída del Imperio romano, sobre el origen
de las especies, la interpretación de los sueños, la naturaleza
de las cosas. Los libros son como semillas. Pueden estar siglos aletargados
y luego florecer en el suelo menos prometedor.
Las grandes bibliotecas del mundo contienen
millones de volúmenes, el equivalente a unos 1014 bits
de información en palabras, y quizás a 1015 en
imágenes. Esto equivale a diez mil veces más información
que la de nuestros genes, y unas diez veces más que la de nuestro
cerebro. Si acabo un libro por semana sólo leeré unos pocos
miles de libros en toda mi vida, una décima de un uno por ciento
del contenido de las mayores bibliotecas de nuestra época. El truco
consiste en saber qué libros hay que leer. La información
en los libros no está preprogramada en el nacimiento, sino que cambia
constantemente, está enmendada por los acontecimientos, adaptada
al mundo. Han pasado ya veintitrés siglos desde la fundación
de la Biblioteca alejandrina. Si no hubiese libros, ni documentos escritos,
pensemos qué prodigioso intervalo de tiempo serían veintitrés
siglos. Con cuatro generaciones por siglo, veintitrés siglos ocupan
casi un centenar de generaciones de seres humanos. Si la información
se pudiese transmitir únicamente de palabra, de boca en boca, qué
poco sabríamos sobre nuestro pasado, qué lento sería
nuestro progreso. Todo dependería de los descubrimientos antiguos
que hubiesen llegado accidentalmente a nuestros oídos, y de lo exacto
que fuese el relato. Podría reverenciarse la información
del pasado, pero en sucesivas transmisiones se iría haciendo cada
vez más confusa y al final se perdería. Los libros nos permiten
viajar a través del tiempo, explotar la sabiduría de nuestros
antepasados. La biblioteca nos conecta con las intuiciones y los conocimientos
extraídos penosamente de la naturaleza, de las mayores mentes que
hubo jamás, con los mejores maestros, escogidos por todo el planeta
y por la totalidad de nuestra historia, a fin de que nos instruyan sin
cansarse, y de que nos inspiren para que hagamos nuestra propia contribución
al conocimiento colectivo de la especie humana. Las bibliotecas públicas
dependen de las contribuciones voluntarias. Creo que la salud de nuestra
civilización, nuestro reconocimiento real de la base que sostiene
nuestra cultura y nuestra preocupación por el futuro, se pueden
poner a prueba por el apoyo que prestemos a nuestras bibliotecas. (pp.
279-82)