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AFGANISTAN:

¡HAY QUE APLASTAR AL RÉGIMEN TALIBAN!

El regimen Tabliban: el reino del terror

A fines de septiembre de 1996 Afganistán volvió a ocupar, por primera vez después de la década de los ’80, las primeras planas de los grandes periódicos. Una guerrilla fundamentalista musulmana conocida como Taliban (estudiantes del Corán) avanzó entonces sobre la capital, Kabul, derrocando al gobierno de Burhanuddin Rabbani y colgando de un semáforo, junto con su hermano, al ex presidente frentepopulista Najibullah, que había sido respaldado por la ocupación soviética hasta la retirada del Ejército Rojo en 1989. Además de esto, los Taliban impusieron a la población un régimen basado en una interpretación ultra-ortodoxa de la legislación religiosa islámica o sharia. Bajo la amenaza de los fusiles talibanes, los afganos se ven obligados a ir a rezar cinco veces por día a las mezquitas, y las mujeres, cubiertas de pies a cabeza por el también obligatorio hejab o velo, no sólo han tenido que abandonar sus trabajos y estudios —actividades que los Taliban prohíben a las mujeres— sino que incluso se han recluido por la fuerza en sus casas, de las que sólo pueden salir si las acompaña un pariente varón consanguíneo —que, a su vez, está obligado a llevar una larga barba, a riesgo de ser azotado. En palabras del nuevo Ministro de Educación afgano Said Ghaissudin, "tener una mujer es como tener una flor, se le agrega agua y se la mantiene en casa para que uno la vea y la huela; no debe estar fuera de la casa para que otros la huelan" (Clarín, 5/10/96). Sin embargo, el trato que estos extremistas de la ‘floricultura’ dan a las mujeres cuando faltan a sus "deberes" no hay flor que lo resista. Clarín del 3 de octubre informa: "Ayer se conocieron nuevos casos de mujeres apaleadas por no tapar totalmente (salvo los ojos) su cuerpo. En Bibi Mehru, al este de Kabul, una mujer fue rapada y más de una docena atadas como matambre con correas de ventilador por no vestir la indumentaria ‘correcta’. Una adolescente totalmente cubierta, pero que no tenía zoquetes y se le veía un milímetro del tobillo desnudo, fue castigada a latigazos...". Siempre con el Corán en la mano, los talibanes castigan también a los bebedores, a los consumidores de cualquier droga, a los narcotraficantes, a los "corruptos" y a los adúlteros. Estos últimos tienen un ‘status’ especial: en vez de ahorcarlos, los apedrean. Los que no rezan a las horas preestablecidas son golpeados con fusiles; a los ladrones se les cortan dedos o manos enteras.

La prohibición de que las mujeres trabajen tiene un efecto tanto peor cuanto que, después de más de quince años de guerra ininterrumpida, muchas mujeres son el único sostén económico de sus hijos, ya porque sus maridos murieron o están lisiados a consecuencia de la guerra, ya porque integran alguna de las diez o doce milicias islámicas que se disputan el país. "Se calcula que sólo en la capital afgana, con 750.000 habitantes, unas 30.000 mujeres son cabeza de familia" (Clarín, 5/10/96). También a causa de esto, en casi todas las actividades civiles (producción, salud, administración, educación, etc.) las mujeres tienen una presencia importante y a veces son mayoría. La prohibición prácticamente vació los hospitales y las escuelas de Kabul, donde muchas mujeres trabajaban como médicas, maestras y enfermeras. "Zarmina... es una maestra de 30 años y los talibanes no la dejan trabajar. Tiene una familia a cuestas y el ahogo económico golpea a su puerta. Pero ahora ni siquiera puede salir a la calle porque la plata no le alcanza para comprarse el shador, el velo islámico de uso obligatorio para las mujeres afganas... La situación es particularmente crítica en los hospitales, donde la mayor ausencia de enfermeras y médicas ha empeorado la afligente realidad sanitaria de Kabul. En la capital del país, la población se alimenta apenas con té y pan. ‘Ahora las mujeres sólo pueden atender a mujeres. Pero ellas no pueden trabajar y así no hay médicas ni enfermeras. Por eso la situación de la mujer es cada día más grave’, denuncia el doctor Guy Caussé, jefe de Médicos del Mundo" (Clarín, 23/10).
 
 




El régimen Taliban y el imperialismo









El imperialismo norteamericano apenas disimula su alegría ante la toma del poder por el Taliban: "En muchos sentidos, ese movimiento [Taliban] puede llegar a ser más aceptado por los gobiernos de Estados Unidos y de potencias regionales como Pakistán que por la propia población local... Con prisa inusual, la administración de Bill Clinton brindó su apoyo al Taliban aún cuando el cadáver del ex dictador prosoviético Najibullah, que supuestamente estaba bajo protección de las Naciones Unidas, colgaba de un poste de luz de Kabul. Diplomáticos en Pakistán y la India dijeron que los estadounidenses no están disconformes con la conquista de Kabul por parte de la milicia islamista, a pesar de la negativa del nuevo Consejo formado por seis hombres del Taliban, como una herramienta útil contra la expansión de la revolución islámica del vecino Irán, desde que los nuevos dueños de Kabul pertenecen a la rama sunita del islam y consideran a los chiítas iraníes como herejes. La administración Clinton cuenta con que el Taliban, que suma unos 20.000 combatientes, trate duramente a los terroristas y revolucionarios islámicos de Medio Oriente, el Golfo, e incluso de Chechenia, los que han utilizado a Afganistán como refugio. Washington también observa al Taliban como posible aliado en la guerra contra las drogas" (The Independent, reproducido por Ambito Financiero, 1/10/96). En cambio, el imperialismo europeo (francés, alemán) todavía no ha fijado posición. A diferencia de los "viejos tiempos" en que existía la URSS y todas las potencias imperialistas se refugiaban en las faldas norteamericanas para hacerle frente como un bloque único, ahora la "amenaza roja" desapareció y, en consecuencia, los europeos buscan desarrollar en cada región su propia política y ganarse sus propios aliados, distanciándose de los títeres estadounidenses. Así podemos ver hoy, por ejemplo, en Palestina, un espectáculo que hubiera sido imposible en los años ’70 u ’80: el presidente francés Jacques Chirac protestando contra los atropellos de la policía israelí a los palestinos y entrevistándose en términos más que amistosos con el gobierno sirio. Si, durante la guerra fría, el principal enemigo de todas las potencias imperialistas era la URSS y fuertemente sospechados los regímenes nacionalistas burgueses que se amparaban en ella, hoy el principal enemigo de cada potencia imperialista son las potencias rivales. No sería extraño, entonces, que, en el sudoeste de Asia, el imperialismo europeo buscara aliarse, por ejemplo, con Irán contra el imperialismo norteamericano apoyado en Pakistán, o que —como parece ocurrir ahora— simplemente espere en una posición "neutral" hasta el momento en que se presente la posibilidad de una alianza. Como veremos, ofertas no faltan.
 
 




La importancia económica de Afganistán









Aunque Afganistán no tiene salida al mar, está ubicado estratégicamente en el camino entre las aguas del Océano Indico y las repúblicas ex soviéticas del Asia Central, donde se estima que hay abundantes reservas de petróleo aún no explotadas; Afganistán es, pues, el único territorio a través del cual se podría construir un oleoducto para sacar el petróleo a los puertos pakistaníes o iraníes y permitir su comercialización internacional, y esto constituye su principal importancia estratégica actualmente. Mientras en los tiempos de la URSS el petróleo de Tayikistán se consumía dentro de la Unión y se transportaba por tierra, hoy el imperialismo saca cuentas sobre cuánto queda aún por extraer y cómo garantizar una vía de transporte y comercialización por mar.

El país, además, cuenta con considerables riquezas mineras y, sobre todo, con la "flor nacional", la amapola de la que se extrae el opio, sustancia de la que Afganistán es el segundo productor mundial después de Birmania. Una parte de este opio es destinada a usos médicos legales, y otra parte entra en el circuito de procesamiento y distribución ilegal, sobre todo en la forma de heroína, pasando por Pakistán para luego circular internacionalmente. La lucha por el control de esta producción está en el fondo de la "guerra contra las drogas" de los Taliban. No viene mal recordar, a este respecto, que, casi siempre que algún gobernante burgués se propone "colgar a todos los narcotraficantes", lo que hace en la práctica es colgar a los narcotraficantes de la competencia. Así ocurre en el sudeste asiático, donde Mahatir Mohamed, el presidente de Malasia, ejecuta a los narcotraficantes pequeños para asegurarse su dominio del mercado; así ocurre también en la provincia de Buenos Aires, donde Duhalde utiliza a la policía (que está metida hasta el cuello en el negocio de las drogas) para arreglar cuentas con narcotraficantes rivales; así ocurre en la "guerra contra las drogas" que el imperialismo dice librar a nivel mundial; y así ocurre también, por supuesto, en Afganistán: "Con la heroína, el Taliban no es tan puritano como asegura ser. Si bien ejecutó a varios barones del opio, expertos en temas de drogas denuncian que en el último año Afganistán inundó los mercados europeo, americano y de Oriente con más de 75.000 millones de dólares de heroína. Gran parte de esta producción fue cosechada en tierras bajo control del Taliban" (idem).
 
 


La oposición del resto de las guerrillas islamicas









Mientras tanto, una coalición de varias milicias islámicas libra contra el Taliban una guerra cuyo centro de operaciones está en el norte del país y en el casi inexpugnable valle de Panjshir, al norte de Kabul, la región natal del comandante Ahmad Shah Massud y de su guerrilla, el Jamiat-e-Islame, de la que también procedía el depuesto presidente Rabbani. En la coalición participan, además de Massud, las milicias chiítas como el Hezb-e-Wahdat, la milicia Hezb-e-Islame de Bulguddin Hekmatyar y las milicias de la etnia uzbeka que dirige Rashid Dostum, un mercenario conocido por cambiar de bando tan pronto como le ofrecen un sueldo más alto. Esta coalición recibe apoyo de Irán, que era también el principal respaldo del régimen de Burhanuddin Rabbani. Esta gente no tiene nada contra el fundamentalismo ni se opone por principio a apalear mujeres y a cortarle los dedos a los ladrones, sino que simplemente se enfrentan con los Taliban por el poder político y económico y porque, como veremos, representan intereses diferentes a nivel mundial.
 
 




Lo que oculta la prensa imperialista









La prensa imperialista utiliza la información sobre los diferentes grupos étnicos que se enfrentan para presentar la guerra de Afganistán como un fenómeno exótico y casi incomprensible, una serie de conflictos entre extraños grupos en "un pueblo guerrero dividido por el sectarismo religioso y el espíritu tribal", como dice el periódico norteamericano The Independent. En otras ocasiones, el imperialismo utilizó este tipo de caracterizaciones para promover su "ayuda humanitaria" y sus acciones para hacer "respetar los derechos humanos", aunque es sabido que, en boca del imperialismo, todo lo "humano" y "humanitario" es simplemente un pretexto para intervenir militar y políticamente donde están en juego sus intereses. Sin embargo, esta vez aun semejantes "preocupaciones" hipócritas están singularmente ausentes. Si alguien todavía se imaginaba a esta altura que la democracia burguesa estadounidense tiene algo que ver con los derechos humanos o que se opone al "fundamentalismo", basta ver el caso de Afganistán para comprender que el imperialismo adopta en cada caso la ideología que le conviene, y que no tiene problema en combatir al "fundamentalismo islámico" en Medio Oriente mientras lo apoya en Afganistán, porque lo que está en juego para ellos no es el Islam, sino el petróleo del Golfo Pérsico o la importancia estratégica y las riquezas mineras de Afganistán.

Los conflictos étnicos y religiosos sin duda existen en Afganistán, y millones de hombres están convencidos de luchar por esos motivos. Sin embargo, detrás de las motivaciones étnicas y religiosas hay intereses económicos concretos que son los que realmente mueven el conflicto.
 
 




Afganistán, hasta la ocupación soviética:









Afganistán es un territorio semidesértico y montañoso, cuyas únicas zonas fértiles son los valles de los ríos. Las principales actividades económicas fueron, hasta el siglo XX, el pastoreo y el cultivo del opio. A lo largo de la historia, Afganistán pasó por las manos de griegos, turcos sasánidas, árabes, mongoles y persas, entre otros; la colonización árabe llevó allí el Islam, que hoy es la religión del 90% de la población. Otros pueblos también se asentaron en Afganistán, buscando tierras de pastoreo: uzbekos y tayikos del Norte, pushtunes, y grupos numéricamente menores como hazaras e ismaelitas. Reino independiente desde el siglo XVIII, llegó a dominar militarmente durante algún tiempo a Irán y a la India y pudo resistir dos guerras contra el Imperio Británico a fines del siglo XIX, gracias a lo difícil de su terreno y a la tradición guerrera de sus habitantes.

Pese a las victorias militares sobre el imperialismo británico, la presión económica del mercado mundial obligó a Afganistán a hacer concesiones y a iniciar un proceso de "occidentalización" para convertirse en una colonia "moderna" del imperialismo, creando un ejército inspirado en los modelos europeos, fundando los primeros colegios laicos y adoptando un régimen político de monarquía constitucional parlamentaria. Las relaciones de Afganistán con el mercado imperialista en este período eran más o menos las mismas de cualquier Estado burgués atrasado: exportaba materias primas (lana, algodón, extracciones mineras como plomo, cobre y cromo) e importaba productos manufacturados.

Durante y después de la Segunda Guerra Mundial, a consecuencia del vuelco completo de las economías de los países imperialistas hacia la industria bélica, varias burguesías de países atrasados diversifican su actividad económica, generando —como en el caso de varios países del tercer mundo— una relativamente pequeña industria liviana, productora de bienes de consumo (alimentación, textiles, etc.). Esto se da también en Afganistán, dando lugar, en las ciudades, a la aparición de un proletariado industrial y a un crecimiento del sector de trabajadores de servicios. Al mismo tiempo, esta burguesía de la industria liviana, orientada hacia el mercado interno, desarrolla fricciones con la burguesía imperialista que quiere copar el mercado (aunque depende profundamente de ella, puesto que le compra la maquinaria con la que produce). A nivel interno, estas fricciones llevan a que se abra una brecha cada vez mayor entre los sectores burgueses exportadores ligados al imperialismo —representados políticamente por la monarquía— y los volcados al mercado interno, cuya expresión política está en el parlamento y en los partidos anti-monárquicos; a nivel internacional, el resultado es un creciente acercamiento entre estos últimos sectores y la URSS. Este acercamiento al principio es apenas una reducida cooperación económica, mientras los representantes políticos de la burguesía local se cuidan bien de mencionar a los "rusos" en público y más bien expresan su "beligerancia" antiimperialista en términos nacionalistas, disputando, por ejemplo, territorios a Pakistán, cuyo régimen era y es el títere de Estados Unidos en la región.

En 1973, un ascenso en las luchas obreras y populares (en particular del proletariado industrial y minero) lleva a que estos sectores burgueses derroquen al rey y se hagan cargo del poder en un frente con el estalinista Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA). El ex presidente Mohammad Daud se pone al frente del gobierno, con casi la mitad de ministros del PDPA, pero manteniendo la vieja línea nacionalista de disputas con Pakistán, como medio de canalizar la lucha de las masas en términos burgueses. Daud aspiraba a recibir los fondos que la URSS le proveía por razones estratégicas, pero sin ajustar su política a los dictados del Kremlin y manteniendo eternamente una "tercera posición". El PDPA, más enraizado que Daud en las filas del movimiento obrero y popular, obedece los dictados del Kremlin que lo llaman a la "conciliación de clases" con la burguesía nacional representada por Daud, permaneciendo en el frente popular como una "izquierda del régimen", sin disputarle el poder. Esta situación se mantiene a lo largo de cinco años, con el gobierno de Daud haciendo concesiones a la clase obrera en la medida en que las luchas lo obligaban a hacerlo, y con el PDPA capitulando a Daud en el marco de la "coexistencia pacífica" promovida por el estalinismo a nivel mundial. Un hecho clave, sin embargo, cambiaría la relación de fuerzas y la táctica soviética hacia la región.
 
 




La causas de la ocupación sovietica









En 1978, en Irán, un frente popular encabezado por los fundamentalistas musulmanes shiítas del Ayatollah Khomeini derroca a la monarquía pro-imperialista del Shah. Aunque el carácter del golpe es nacionalista burgués, y la izquierda presente en el frente popular (especialmente los estalinistas) es rápidamente "borrada del mapa" por la derecha nacionalista de los ayatollah, el imperialismo norteamericano recibe un rudo golpe ya que el nuevo gobierno expulsa a sus tropas y barre con las bases militares que Estados Unidos había instalado a lo largo de la frontera con la URSS. Este hecho marcaría el destino de Afganistán. Ante la posibilidad de que Estados Unidos busque sustituir las bases perdidas emplazando otras nuevas en la frontera soviético-afgana, la burocracia de la URSS corre al auxilio del régimen de frente popular instalado en Kabul. Este y no otro fue el motivo de su asistencia militar al PDPA afgano. La burocracia soviética ha dejado "caer" cientos de frentes populares en todo el mundo a lo largo de sesenta años, prefiriendo el triunfo de la reacción al riesgo de que dichos frentes, empujados por la lucha de las masas, fuesen más lejos de lo que querían y expropiaran a la burguesía (Chile, España, Francia, y una larga lista). Si intervino en este momento fue porque estaba en juego la seguridad de sus fronteras, del mismo modo que, después de la Segunda Guerra Mundial, dirigió las expropiaciones en Europa Oriental sólo porque era la única forma de mantener el "cordón de seguridad" en torno a sus fronteras, mientras instruía a los poderosos partidos comunistas de Francia e Italia a colaborar en la reconstrucción burguesa de sus países. Afganistán no fue ninguna excepción a la política capituladora de la burocracia soviética, sino simplemente un caso particular donde esta capitulación se dio, como veremos, más tarde y bajo otras formas.

Tan pronto como llegan las noticias de Irán , el PDPA, instruido por el Kremlin, derroca al gobierno de Daud y se instala en el poder, con el apoyo de una porción considerable del ejército.

La reacción burguesa ya habia comenzado a organizarse, y en marzo y agosto de 1979 se producen dos importantes levantamientos, el último en la misma Kabul. Las fuerzas leales al PDPA son impotentes para reprimirlo y, viendo amenazado al gobierno, el Kremlin manda tropas por su propia cuenta. El entonces presidente del gobierno, Amin, que pertenecía a la fracción del PDPA más conciliadora con la burguesía nacional y más distanciada de la URSS, protesta contra la entrada inconsulta de tropas en su territorio. Taraki, el jefe de la fracción más leal a la URSS, se entrevista con el primer ministro soviético Brezhnev y acuerda la sustitución de Amin, pero la maniobra sale mal y es Taraki el que resulta asesinado. El Kremlin decide intervenir en forma directa. El 24 de diciembre empieza el desembarco soviético en Kabul, llegando a 5.000 efectivos el día 27. Derrocan y mata a Amin y lo reemplazan por Babrak Karmal. La elección de Babrak Karmal, que pertenecía a la fracción de Amin y no a la de Taraki, probablemente fue pensada como un guiño conciliador hacia la burguesía nacional, aunque de todos modos era evidente que, por más que Karmal estuviera en el gobierno, los tanques soviéticos tenían el poder.

La ocupación soviética fue condenada no solamente por las grandes potencias imperialistas y sus países títeres, sino por varios estados árabes que, aunque tenían fricciones con el imperialismo y alguna "cooperación" con la URSS, no veían con agrado la primera incursión soviética directa en "tierras del petróleo". En otra de sus gigantescas capitulaciones al imperialismo, China y su satélite Albania se unieron a la "santa alianza" contra la ocupación, ya que la burocracia china privilegiaba , ante todo, la buena vecindad con el imperialismo nortamericano desde los ‘70.
 
 




El imperialismo y los mujaheddines









Entre enero y febrero de 1980, mientras el número de efectivos soviéticos iba creciendo, se organizó una "red" mundial para el entrenamiento de rebeldes afganos o mujaheddin (guerreros santos). Egipto, Arabia Saudita, Irán e incluso China tuvieron sus campos de entrenamiento, pero el grueso de la organización de la guerrilla antisoviética se hizo desde Pakistán, donde, a través del servicio secreto local (ISI), la CIA financiaba con miles de millones de dólares a los mujaheddin. La ocupación sólo fue apoyada por los Estados obreros cuyas burocracias estaban aliadas al Kremlin (es decir, todos salvo China y Albania) por la OLP y por tres países árabes que dependían estrechamente del apoyo militar de la URSS: Siria, Libia y Argelia. Para noviembre, los efectivos soviéticos llegaban a 1.000.000.

La organización de la guerrilla antisoviética se basó en antiguas organizaciones militares campesinas, que si bien tenían que recibir un extenso entrenamiento militar antes de estar en condiciones de luchar con los soviéticos, tenían la ventaja de conocer a la perfección los difíciles terrenos montañosos en que se libraban las batallas. Sólo una guerrilla rural, la del ya mencionado Dostum, luchó temporariamente con los soviéticos. El motivo por el que a la guerrilla pagada por el imperialismo le fue tan sencillo encontrar una base social en el campesinado no sólo hay que buscarlo en el "atraso" o en los "lazos ancestrales" de estos campesinos con los jefes regionales y con el islam, sino sobre todo en la desastrosa política del gobierno frentepopulista, que nunca llevó a cabo una verdadera reforma agraria, aunque tomara algunas medidas parciales en favor de los campesinos (por ejemplo, la eliminación de la usura y el establecimiento de tasas de interés fijas y relativamente bajas, o la expropiación indemnizada de un reducido número de latifundios). En las ciudades, en cambio, el proletariado había recibido conquistas más importantes y apoyó masivamente al PDPA. Pero los campesinos, puestos a elegir entre dos regímenes que aparentemente no les significaban una gran diferencia, y en segundo lugar presionados por lealtades y prejuicios ancestrales, se alinearon en su mayoría con los fundamentalistas. Todo esto le permitió al imperialismo montar el mito de que "el pueblo afgano en su conjunto" se oponía a la ocupación soviética que venía a respaldar a "un puñado de comunistas" sin el menor apoyo, y que el régimen del PDPA "caería como un castillo de naipes" tan pronto como se retirara el último efectivo soviético.

La guerra entre las tropas soviéticas y los mujaheddin se desarrolló durante 10 años.
 
 




La estrategia de la burocracia del Kremlin en Afganistan:









Aun con sus intereses en juego, la estrategia de la burocracia de la URSS fue esencialmente defensiva, tanto en lo militar como en lo político. En vez de enfrentar la condena internacional, hizo repetidas declaraciones de su intención de retirarse, y en la práctica limitó el número de tropas, que nunca fue mayor de un millón. En los primeros cinco años los mujaheddin no pasaron de ataques locales, pero a partir de 1986, y en el marco del "principio del fin" de la URSS, el Kremlin empieza a ceder terreno. Karmal es reemplazado por Najibullah, que poco después anuncia medidas conciliatorias, un cese de fuego y amnistías, lo que los rebeldes rechazan. En marzo 1988, el ministro de Relaciones Exteriores Abdul Wakil acepta en Ginebra un plazo de nueve meses para el retiro de tropas, que Gorbachov y Najibullah confirman en abril, firmando un acuerdo entre Pakistán, Afganistán, la URSS y Estados Unidos.
 
 


El retiro de las tropas sovieticas y la resistencia en Kabul contra los mujaheddines:









En mayo empieza la retirada. El canciller soviético Vorontsov inicia una campaña para crear un gobierno afgano de amplia coalición e intenta ganar a su proyecto al rey Zahir, depuesto en 1973. Los rebeldes se niegan a aceptar ésta y todas las otras propuestas soviéticas.

El 15 de febrero de 1989 terminan de retirarse las tropas soviéticas, pero, contra las intencionadas "previsiones" de la propaganda imperialista, el PDPA no cayó inmediatamente. El consejo fundamentalista (Shura) había hecho cálculos de entrar a Kabul el mismo día 15, pero después de cuatro días de intensos combates se ve obligada a formar un gobierno fuera de la capital. En Kabul, además de los restos del ejército regular, se forman milicias en las que participan obreros fabriles y mineros y muchísimas mujeres, que habían conquistado importantes derechos durante la ocupación soviética y sabían que un gobierno islámico sólo podría traer una brutal represión, no sólo por el fuerte componente machista de la ideología islámica, sino porque los derechos de las mujeres eran un símbolo de la ocupación. A partir de 1989, los fundamentalistas avanzan con relativa facilidad sobre las provincias del interior, pero Kabul y sus alrededores resisten hasta 1992. Cuando entran las tropas fundamentalistas, venciendo a la población de Kabul por el hambre después de un sitio resistido heroicamente, inician una horrible masacre de comunistas y colaboradores del régimen del PDPA.

La victoria de los mujaheddines y sus disputas internas:
La Shura había elegido para el gobierno a dos representantes de fracciones irrelevantes, mientras las más importantes, la de Massud y la dirigida por Hekmatyar, se disputaban el poder. En 1992, cuando expira el plazo de ese gobierno, y coincidiendo con la toma de la capital, Rabbani, de la fracción de Massud, se hace cargo legalmente del gobierno, enfrentando la oposición militar de Hekmatyar y de otras fracciones menores. En este enfrentamiento, Rabbani tenía el respaldo de Irán y Hekmatyar respondía a los intereses pakistaníes. En 1994 termina el período de Rabbani, pero éste se niega a dejar el gobierno y se enfrenta militarmente con Hekmatyar, cuyo fuerte está al este de Kabul, en la ciudad de Jalalabad.

Los Taliban eran un grupo relativamente menor que, aunque no habían participado directamente en la guerrilla antisoviética, habían recibido entrenamiento militar en Pakistán. Pertenecían a la etnia pashtun, y estaban conectados con importantes jefes regionales del sur afgano, del mismo grupo étnico. Durante los primeros años de gobierno fundamentalista habían tenido una existencia más bien marginal, aprovechando las guerras entre fracciones para organizar saqueos y vivir de diversas formas de bandidaje; su lugar de reunión eran las madrassas o escuelas religiosas. Pero cuando Rabbani se enfrenta con Hekmatyar y éste no consigue derrotarlo, Pakistán (que estaba interesado en derrocar al pro-iraní Rabbani) ve en los Taliban la posibilidad de organizar a las tribus del sur en una fuerza única y organizar una ofensiva militar contra el gobierno. La primera fase de esta ofensiva sería formar una milicia con los pashtuns de la provincia de Kandahar, en el sur, para luego planear desde allí un ataque a otras regiones del país, empezando por Herat, en el oeste. Con el oro pakistaní en los bolsillos, los Taliban consiguen dominar Kandahar en 1994 y desde allí preparar el más difícil ataque sobre Herat, en manos por aquel entonces de un partidario del gobierno. En julio de 1996, cuando Massud destituye al gobernador de Herat por una rivalidad política y nombra en su lugar a un virtual desconocido, los Taliban aprovechan la confusión y avanzan casi sin encontrar resistencia, y de paso aprovisionándose de armamento. Mientras tanto, en Kabul, Rabbani, rodeado por ataques de Hekmatyar al este y de Hezb-e-Wahdat al sudoeste, llama a los Taliban a Kabul a compartir el poder, planeando deshacerse de ellos tan pronto como hayan suprimido a las dos milicias que lo amenazan. Pero después de vencer a Hekmatyar y a Hezb-e-Wahdat, los Taliban intentan apoderarse de Kabul. Ante este peligro, Rabbani, Hekmatyar y Hezb-e-Wahdat pasan a hacer frente único contra los Taliban, pero éstos se imponen a la alianza y finalmente toman Kabul, iniciando un régimen de terror aún peor que el que siguió a la entrada de los fundamentalistas en 1992.
 
 




Realineamientos internacionales después de la victoria Taliban









Tanto Irán como Rusia ven ahora con alarma una expansión del poder pakistaní, aliado de Estados Unidos, de la mano de los Taliban. Si para Irán en particular está en juego una de sus fronteras, para ambos países tiene gran importancia la cuestión del petróleo del Asia Central. Rusia quiere adelantarse a cualquier posible explotación norteamericana de ese petróleo, y, como ya hemos dicho, para la comercialización del petróleo es vital la cuestión de la salida al mar. En este contexto se ha constituido una alianza estratégica, ante la creciente injerencia norteamericana a través de Pakistán: "Irán es un ‘socio económico estratégico’ de Rusia en el Oriente Medio, afirmó un experto del Kremlin, con motivo de la visita de [el canciller] Primakov a Teherán... Los funcionarios conversaron, al margen del pedido de cooperación de Yeltsin, sobre el proceso de paz para Oriente Medio, la seguridad del golfo Pérsico, la situación en Afganistán tras la victoria de los talibanes, la crisis en Tayikistán y la configuración del nuevo estatuto legal para la explotación de los recursos del mar Caspio..." (El Cronista, 24/12/96). China, en cambio, ha apoyado a Pakistán y a los Taliban, sabiendo que los musulmanes shiítas que viven dentro de sus fronteras son especialmente receptivos a la influencia iraní. Francia, como principal representante política del bloque imperialista europeo, aun no ha hecho declaraciones, lo que, junto con su crecientes coqueteos con los Estados árabes en Medio Oriente, incluido Irán, sugiere que no está ansiosa por alinearse inmediatamente con el imperialismo norteamericano.
 
 




Afganistán y el defensismo









Cuando las tropas soviéticas ocuparon Afganistán en los años ochenta, la izquierda se dividió en torno a la cuestión. Unos, en nombre de los métodos reaccionarios empleados por la burocracia, condenaron la ocupación y plantearon el problema de la "autodeterminación de los pueblos", sin importar el carácter de clase de los lados del conflicto. En este caso, esa posición significaba objetivamente una capitulación al imperialismo. Tal fue el caso, por ejemplo, del morenismo, que no solamente se opuso a la intervención soviética, sino que incluso apoyó militarmente a los mujaheddin, llegando a plantear que la influencia de los partidos islámicos en la URSS a través de los soldados que volvían del frente podía ser el principio de una "revolución antiburocrática" musulmana en la URSS. En este sentido, la sección italiana escribía, en un rapto nada inusual de subordinación política al masacrador de comunistas Khomeini: "La burocracia contrarrevolucionaria del Kremlin se está descreditando por una acción criminal contra el pueblo afgano, pisoteando su derecho a la independencia, al intervenir en su territorio sin ninguna justificación. La defensa contra acciones externas no fue el motivo causante de la intervención por la URSS; sino por el contrario fue un intento obvio de reforzar su control, de mantener el statu quo en el área remecida por el fermento revolucionario. La posibilidad de extender la revolución iraní al interior de las fronteras de la URSS es lo que aterroriza a la burocracia del Kremlin. Las poblaciones fronterizas soviéticas, unidas a las de Irán y Afganistán por lazos religiosos, culturales y raciales, pueden ser contagiadas por la radicalización de la zona, y pueden convertirse en protagonistas de una movilización antiburocrática al interior del Estado obrero, preparando la base para una revolución política. Esto es lo que la burocracia teme, ésta es la razón de por qué intervino la URSS." (Avanzata Proletaria Nº 28, 12 de enero de 1980). Dieciséis años después, sería bueno que esta gente viera en qué se ha convertido su "movilización antiburocrática", si es que pueden dar un paseo por Afganistán sin ser masacrados por los "revolucionarios políticos": El "fermento revolucionario" de los mujaheddin hoy está apaleando mujeres, dejando morir a los enfermos por falta de atención y debatiendo cuestiones de ‘principio’ como la siguiente: "Algunos dicen que tendríamos que llevar a los homosexuales hasta un techo alto y arrojarlos desde allí. Y otros sostienen que tendríamos que cavar un pozo al lado de un muro, enterrarlos y echarles luego encima la pared." (Clarín, 15/1)

Otras corrientes, en cambio, en nombre de la lucha contra el imperialismo, apoyaron politicamente al Kremlin que no tenía intenciones de expropiar y enfrentar a la burguesia afgana y el imperialismo, sino tan sólo realizar una acción disuatoria en sus fronteras ante la burguesía mundial.Si bien esta posición era cualitivamente diferente de la anterior, al plantear el apoyo político a la burocracia soviética y no meramente el apoyo militar, tampoco era una posición revolucionaria, ya que perdía de vista el problema de la lucha contra la burocracia y más bien ponía criminalmente en manos de ésta el desarrollo de las tareas revolucionarias en Afganistán. Esta fue la desviación en que incurrió la Liga Comunista Internacional (LCI), levantando de principio a fin de la guerra una política de exigencias sovietizadoras al Ejército Rojo y omitiendo cualquier consigna de autoorganización de los trabajadores.

En 1993, nuestro partido publicó un documento titulado "Sobre el defensismo", donde se analizaba la cuestión de la ocupación soviética en Afganistán y se polemizaba con ambas posiciones. Allí afirmábamos: "la política defensista consiste en combinar correctamente las dos fases de una misma tarea: por un lado, la defensa incondicional de la URSS y de todo territorio vinculado al Estado Obrero; por otro lado, la denuncia implacable sobre el ‘carácter reaccionario’ general del estalinismo y la preparación del derrocamiento de la burocracia, mediante la propaganda revolucionaria". ("Sobre el defensismo",PBCI, 1993) Aplicado al caso de Afganistán, esto significaba: por un lado, apoyar militarmente al PDPA y a las tropas soviéticas contra las guerrillas financiadas por el imperialismo; por otro lado, denunciar implacablemente a la burocracia y los métodos reaccionarios con que defendía al Estado obrero, y preparar su derrocamiento mediante la construcción de un partido trotskista en Afganistán. Era necesario llamar a los obreros afganos a tomar el poder en sus propias manos, bajo la dirección de un partido que represente sus intereses de clase, en vez de confiar en el PDPA y la burocracia estalinista o de, peor aún, poner la tarea de derrocarlos en manos de los mujaheddin y el imperialismo como pretendía el morenismo.

Para los socialistas revolucionarios, el criterio central es qué favorece los intereses del proletariado mundial en su conjunto. En este sentido, el derrocamiento de la burocracia está subordinado a la preservación de las conquistas sociales y materiales del Estado obrero. O, en otras palabras, si bien luchamos por derrocar a la burocracia, no es indiferente quién la derroque. El derrocamiento de la burocracia solamente es progresivo si es realizado por la clase obrera a través de un partido cuya estrategia sea la revolución política, es decir, recuperar la democracia soviética y extender la revolución a nivel mundial. Es reaccionario, en cambio, si quien lo lleva adelante es el imperialismo, porque en ese caso no solo cae la burocracia, sino también el Estado obrero con ella. Un ejemplo de esto lo podemos encontrar hoy en Cuba o en cualquiera de los Estados obreros sobrevivientes. Sabemos que Castro está llevando adelante una serie de medidas que ponen al Estado obrero cada vez más en peligro. Sabemos también que la actual asfixia del Estado obrero cubano es producto de la política que la burocracia castrista desarrolló durante años, negándose a extender la revolución internacionalmente y confiando en que el socialismo podía desarrollarse en forma aislada y en "coexistencia pacífica" con el capitalismo. Sin embargo, la caída de la burocracia castrista, sin un partido revolucionario en condiciones de tomar el poder, sólo podría significar el comienzo de la contrarrevolución capitalista. Por lo tanto, las tareas que se plantean en este momento son, por un lado, la defensa incondicional del Estado obrero, y, por otro, la construcción de un partido socialista revolucionario, es decir trotskista, en Cuba para derrocar a la burocracia. Estas dos tareas no son sucesivas, sino simultáneas; es decir, no debemos "esperar hasta que" el Estado obrero haya "triunfado" sobre el imperialismo para empezar a preparar el derrocamiento de la burocracia porque esto es una ilusión. Al contrario, puesto que es imposible la convivencia eterna del Estado obrero y el imperialismo a nivel mundial, el "triunfo" del Estado obrero sobre el imperialismo no es completo sino hasta la expropiación de los capitalistas por lo menos en los principales países imperialistas, y es imposible que esta tarea se desarrolle bajo el mando de la burocracia y su "coexistencia pacífica". Solamente bajo la dirección de un partido genuinamente revolucionario se puede desarrollar la revolución y extenderla a otros países, que es la única forma efectiva de defender consecuentemente al Estado obrero.

Esto no significa que, en ciertas condiciones, la burocracia no pueda desarrollar medidas aisladas en defensa del Estado obrero, medidas que son objetivamente y relativamente progresivas y que es necesario apoyar, pero que no alteran elcarácter reaccionario general de su estrategia, ya que están guiadas por la autopreservación de la propia burocracia y no por un lucha por extender la revolución. En su libro En defensa del marxismo, refiriéndose a las expropiaciones llevadas adelante por la URSS en Polonia oriental, León Trotski señalaba: "El criterio político prioritario para nosotros no es la transformación de las relaciones de propiedad en esta o aquella área, por muy importantes que sean en sí mismas, sino el cambio en la conciencia y organización del proletariado mundial, la elevación de su capacidad de defensa de las conquistas ganadas y la consecución de otras nuevas. Desde este único y decisivo punto de vista, la política de Moscú vista en su conjunto conserva completamente su carácter reaccionario y es el obstáculo clave en el camino de la revolución mundial. Nuestra valoración general del Kremlin y del Comintern, sin embargo, no cambia el hecho particular de que la estatificación de la propiedad en los territorios ocupados es en sí misma una medida progresiva... Pero su progresividad es relativa; su peso específico depende de la suma total de todo el resto de los factores. Así debemos constatar primero y principalmente que la extensión del territorio dominado por la autocracia burocrática y el parasitismo encubierto por medidas socialistas puede aumentar el prestigio del Kremlin, engendrar ilusiones sobre la posibilidad de reemplazar la revolución proletaria por maniobras burocráticas y todo eso. Este daño sobrepasa de lejos el contenido de las reformas estalinistas en Polonia."

En el caso de Afganistán, la ocupación militar, subjetivamente, fue motivada por la preservación de los privilegios de la burocracia, pero objetivamente estaba ligada a la defensa del Estado obrero, porque la victoria de los mujaheddin pondría en peligro las fronteras del Estado obrero. Pero los métodos por los que se llevaba adelante esta defensa eran completamente reaccionarios, hasta el punto de que ni siquiera se corría el riesgo de que pudieran"aumentar el prestigio del Kremlin". La forma en que se realizó la ocupación, militarmente audaz pero más que tímida desde el punto de vista económico y político, cuidándose de ofender a la burguesía (a la que de todos modos le importaban poco los "gestos simpáticos" de la burocracia y quería recuperar el control político del país a toda costa), dando unas pocas concesiones aquí y allá pero sin realizar siquiera una verdadera reforma agraria, dejando al campesinado en manos de sus dirigentes reaccionarios islámicos, muestra más que nunca las limitaciones de la burocracia. En Afganistán, la única alternativa progresiva para la clase obrera era la construcción de un partido revolucionario que organizara a los obreros tras la defensa de las conquistas obtenidas y hacia la toma del poder superando a la propia burocracia y al PDPA. Era criminal, en cambio, confiar en que la burocracia, siempre oscilando entre su autopreservación y el mantenimiento de la coexistencia pacífica, extendiera las conquistas de los obreros soviéticos a Afganistán.

La historia de Afganistán entre 1980 y 1989 plantea a quemarropa la cuestión del defensismo, es decir, la cuestión de la forma de combinar en la política revolucionaria las dos fases de una misma tarea: la defensa de las conquistas del Estado obrero y la preparación del derrocamiento de la burocracia; y las consecuencias trágicas de sobredimensionar uno u otro aspecto. Aquellos que, durante la guerra afgana, apoyaron a los mujaheddin contra la ocupación soviética, hoy son corresponsables de las masacres llevadas adelante por los Taliban, como ayer lo fueron del sitio por hambre de Kabul. Pero los que dieron apoyo político a la burocracia sin plantearse la tarea de derrocarla, en nombre de la supuesta incapacidad de los obreros afganos para construir su propio partido, no son tampoco ajenos a estos horrores. Como advertíamos a la LCI en 1993, "es indiscutible que había que apoyar todas las reformas estalinistas, aunque las mismas fuesen limitadas y estuviesen subordinadas a la estrategia de conciliación. Pero este apoyo debía ser crítico y luchando por sobrepasarlo para que las reformas de hoy no se convirtiesen en un baño de sangre mañana. Así como grandes contingentes de mujeres rompían con el oscurantismo, también los sacerdotes y clases dominantes reaccionarias seguían ocupando lugares estratégicos y contaban con los favores del PDPA. Y los camaradas de la LCI saben perfectamente que la mujer no obtendrá reformas duraderas en el marco de la sociedad capitalista y de un gobierno ‘nacionalista de izquierda’ como la propia LCI tilda al PDPA. Saben perfectamente que sólo con la dictadura del proletariado las mujeres podrían arrojar definitivamente su velo y no sólo por un par de años, hasta que el Ejército Rojo se retiró por orden del Kremlin. Para la dictadura del proletariado es necesario, como dijera Trotsky, el partido, el partido y el partido. Ese partido que la LCI no llamó a construir por ilusionarse en que el Ejército Rojo podía jugar un rol distinto al de instrumento de la camarilla bonapartista." (Sobre el defensismo, PBCI, 1993)
 
 




¡¡Por un partido trotskista en Afganistán!!









Es urgente que los trabajadores, las mujeres, y todos los otros sectores populares agredidos por los Taliban se organicen para su autodefensa armada. En este sentido, saludamos la reciente creación de guerrillas femeninas en Kabul para luchar contra los Taliban y apoyamos militarmente su lucha en defensa de sus derechos y contra el terror Taliban.

Seis años de represión fundamentalista han destruido todo vestigio de organización sindical o política independiente de la clase obrera. La izquierda ha sido brutalmente suprimida, y lo único que existe como "organización sindical" son reducidos grupos obreros ligados a las jerarquías religiosas, al estilo de nuestros "círculos obreros cristianos", abiertamente propatronales. Es necesario que la clase trabajadora se reorganice, formando consejos obreros, milicias armadas y construyendo un partido obrero revolucionario cuyo programa plantee la expropiación de la burguesía y la toma del poder en manos de los consejos obreros, planificando la economía, eliminando toda diferencia social entre hombres y mujeres, creando un vasto plan de alfabetización y dando una lucha sin cuartel contra los prejuicios religiosos que siempre están al servicio de las clases explotadoras. La organización política revolucionaria de la clase obrera hoy tiene que ser forzosamente una tarea clandestina y sólo puede tener éxito si se basa en una concepción leninista de partido y es completamente independiente de las fracciones guerrilleras ‘opositoras’ al Taliban, tan reaccionarias y patronales como ésta.

En la guerra actual entre el Taliban y las demás guerrillas opositoras somos derrotistas y luchamos por transformar la actual guerra entre camarillas reaccionarias y ligadas de un modo u otro a algún bloque imperialista, en una guerra de los explotados afganos contra sus verdugos mujhaeddines, cualquiera sea su vertiente.

Algunas corrientes que se autodenominan trotskistas, como por ejemplo la LCI, argumentaban y siguen argumentando que la construcción de un partido trotskista en Afganistán era imposible en los ochenta, y lo es ahora, porque Afganistán sería "un país que no ha salido de la pobreza medieval y a donde ni siquiera ha llegado el capitalismo". Semejante argumento, que fue en realidad un pretexto para poder capitular políticamente al Ejército Rojo, no resiste el menor análisis. En "La Tercera Internacional después de Lenin", analizando la estructura socioeconómica de China, Trotsky decía: "Un crecimiento interno extremadamente rápido de la industria, basado en la importancia del capital comercial y bancario y en su conquista del país, la total dependencia en que se encuentran las regiones agrícolas más importantes en relación con el mercado, el enorme papel del comercio exterior que aumenta sin cesar, la total subordinación de los campos chinos a las ciudades, todos estos hechos afirman la total predominancia, la dominación directa de las relaciones capitalistas en China. Ciertamente las relaciones sociales de servidumbre y semiservidumbre son muy importantes... Pero lo que domina no son las relaciones feudales... Es únicamente el papel predominante de las relaciones capitalistas el que permite por otra parte plantear seriamente la perspectiva de la hegemonía del proletariado en la revolución nacional. De otra forma, los extremos no se unirían jamás."

Igual que en la China que analiza Trotsky, en Afganistán, las supervivencias feudales están adaptadas y cumplen una nueva función bajo el capitalismo. Por ejemplo, el "feudalismo" de las plantaciones de opio está al servicio de la muy moderna y capitalista comercialización mundial de la heroína. El antiquísimo transporte en ‘mula’ fue usado a fondo por el imperialismo para armar a los mujaheddines contra el Ejército Rojo, etc.

Por otro lado, en las ciudades y en las regiones mineras existe un proletariado numéricamente pequeño, pero cuya concentración y posición en la economía le permiten desarrollar un papel revolucionario crucial. Una huelga de obreros mineros, o del transporte, por dar sólo dos ejemplos, paralizaría las exportaciones del país mientras durase. La heroica resistencia de Kabul entre 1989 y 1992 muestra que el proletariado afgano estuvo dispuesto a jugar este rol y puede volver a jugarlo nuevamente.

Sólo el proletariado organizado en partido revolucionario puede sacar a Afganistán del atraso y la miseria capitalista, acabar con la opresión religiosa y liberar a la mujer del yugo que sufre.

Pero la lucha por la construcción del partido en Afganistán y la certeza de que solo con ese Partido será posible avanzar hacia la liberación de los oprimidos, no nos exhime de desarrollar una campaña internacional contra al terror Taliban que se desarrolla sobre las masas afganas.

En lo inmediato, llamamos a las corrientes que se reclaman defensoras de la clase obrera e incluso aquellas organizaciones que se reclaman defensoras de los sectores de opresión especial a conformar frentes únicos y a lanzar una vigorosa campaña de movilizaciones en todo el mundo, imponiendo en cada país el boicot económico y la ruptura de relaciones con Afganistán hasta aplastar el terror Taliban, hoy sostenido por el imperialismo norteamericano y la defensa de explotados afganos víctimas de la masacre. Esto solo puede ser impuesto por la fuerza de la movilización de los explotados, ya que el régimen Taliban goza de los favores del imperialismo norteamericano y todas las ‘democracias’ capitalistas apoyan estas masacres o, en el mejor de los casos, arman a las guerrillas de oposición para continuar la masacre bajo otras formas.

29.1.97


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El Baul
6 de marzo de 1999
12 de mayo del 2000
19 de octubre de 2001
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