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Las mujeres de Afganistán |
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ESTO PASA, HOY, EN AFGANISTAN, LAS MUJERES VIVEN ENCERRADAS, NO PUEDEN TRABAJAR FUERA DE SUS CASAS Y NO TIENEN DERECHO A LA EDUCACIÓN. A fines de septiembre, la facción armada fundamentalista Talibán
tomó el poder en este antiguo reino de Asia. Era un paso más
en la larga guerra civil afgana, agravada por la invasión soviética
en 1979. Pero este paso fue muy distinto ya que los invasores fueron seminaristas
y estudiosos religiosos y fanáticos musulmanes.
Malos guerreros, pero buenos organizadores, estos estudiantes religiosos comenzaron su carrera al poder desde el exilio, en Pakistán. En apenas dos años, llegaron a Kabul, controlando cuatro quintas partes del país e imponiendo la ley islámica más rígida en todas las áreas que gobiernan. Llegados a la capital, se encontraron con lo que más odio: mujeres modernas. Y allí comenzaron los problemas.
Medio Oriente, desde los tiempos inmemoriales, sostiene la institución de la poligamia. El profeta y fundador del Islam limitó el número de esposas (a 4) aunque permitió a quel que pudiera mantenerlas a tener la cantidad de concubinas que quisiera, aunque éstas debían ser esclavas porque una mujer libre sólo podía tomarse sino como esposa oficial. En una serie de reglas muy estrictas, explicitadas en la cuarta sura del Corán, Mahoma ordena que todas las esposas sean tratadas por igual, con corrección, que el hombre las mantenga, les dé una dote al casarse y, si se divorcia, que tenga que seguir manteniéndolas. El hombre debe reconocer a todos sus hijos como legítimos, aun lo de las esclavas concubinas y, repartir su herencia en términos iguales. Caso insólito para la época y la región, las mujeres también heredan, son dueñas de su propiedad y de su dote, y pueden acceder y, pueden acceder al divorcio, aunque deben presentar cuatro testigos de los maltratos de su marido. Cuentan las tradiciones que un árabe se cruzó con Mahoma, que tenía en sus brazos a una de sus hijas. El árabe, Imru-ul-Qais, saludó al Profeta y le preguntó "qué es esa oveja que hueles". Cuando Mahoma le contestó que era hija suya, Qais le contó despectivamente que él había tenido muchas hijas, pero las había enterrado vivas apenas nacidas "sin olerlas". Mahoma, enfurecido lo maldijo y le gritó que "es necesario que Dios te haya privado de todo sentimiento humano para no conocer los más dulces placeres que el hombre puede conocer". Entre sus reglas, el Profeta se ocupó de que prohibir matar a las hijas mujeres, bajo pena de torturas infernales. Pero el mismo sabio libro que dejó Mahoma contiene las semillas de los problemas actuales. Según el Corán, la mujer vale la mitad de un hombre: hereda la mitad y su palabra sólo se equipara a la masculina si está respaldada por el testimonio de otra mujer o de un hombre. Ni hablar de la autoridad en el hogar, que está firmemente en
manos del marido -aunque haya cuatro mujeres en la casa- y la autoridad
pública ni se discute, porque una mujer decente ni siquiera puede
salir a la calle o hablar con un hombre que no sea pariente. Un ejemplo
práctico sobre la diferencia de status se encuentra en el divorcio,
muy difícil para la mujer, para el hombre sólo requiere decir
tres veces en público "yo te repudio ", lo que en términos
modernos equivale a que un hombre se divorcia con sólo desearlo.
Cualquiera sea la causa de la separación, la custodia de los hijos
es del hombre, que puede prohibir que su ex mujer que los vuelva a ver.
Claro que la tradición y la cultura alteran y siempre alteraron
estas leyes, como sucede en cualquier país del mundo. La literatura
árabe guarda el recuerdo de mujeres sabias y talentosas como muzna,
secretaria del califa de Córdoba, España, en la Edad Media,
o como Sarga, famosa en el Islam por su poesía y erudición
literaria. Y no es raro ver en varios países musulmanes mujeres
profesionales, ejecutivas, y hasta políticas. Son los mismos países
donde los velos son apenas una costumbre de las más ancianas y donde
la mayoría de las mujeres van a cara descubierta, cubriéndose
el pelo con una pañoleta de colores.
Los talibán comenzaron de inmediato a aplicar su propia versión de la sharia, tan rígida como la saudí o la iraní, pero aun más simple y conservadora en las costumbres. Las escuelas de niñas fueron cerradas y se expulsó a todas las mujeres, tanto alumnas como maestras de los colegios mixtos. El Estado, que empleaba miles de mujeres, las despidió a todas, y una ley prohibió a las mujeres ganarse la vida fuera del hogar. La misma ley impuso la decapitación para los criminales, la muerte por lapidación (es decir a piedrazos) para los adúlteros y por la espada para las mujeres infieles, y la pérdida de un dedo para los idólatras y una mano para los ladrones. La prohibición para trabajar paralizó a las organizaciones no- gubernamentales que operaban en Kabul y empleaban a muchas mujeres. Grupos como Terre des Hommes y Care of Afganistán, que cuidaban la salud y alimentaban a los huérfanos de guerra, tuvieron que suspender sus actividades. Las mujeres hicieron oír su protesta: apenas en Kabul, la capital,
hay más de 30.000 viudas que no tienen familia y que tienen que
mantener a sus hijos con su trabajo. Los talibán, al parecer, no
se inmutaron y pusieron a su ejército a arrear traunseúntes
a las mezquitas, a palos y culatazos. Una vez en los templos, los afganos
tuvieron oportunidad de escuchar un sermón oficial que decía
que "la mujer es una flor que debe permanecer en la casa, en agua para
que el hombre al volver huela su perfume".
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Santiago de Chile, 1996
El Baul
6 de marzo de 1999
12 de mayo del 2000
19 de octubre de 2001
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