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Las mujeres de Afganistán 

  • EL REGRESO A LA EDAD DE PIEDRA

  • ESTO PASA, HOY, EN AFGANISTAN, LAS MUJERES VIVEN ENCERRADAS, NO PUEDEN TRABAJAR FUERA DE SUS CASAS Y NO TIENEN DERECHO A LA EDUCACIÓN.
  • A FINES DE SEPTIEMBRE, EL PARTIDO FUNDAMENTALISTA TALIBÁN TOMÓ KABUL Y DESATÓ UNA DURA REPRESION ISLAMICA. LAS MUJERES PERDIERON SUS DERECHOS, DEBEN SEGUIR LA SHARIA (LEYES DEL CORAN), QUEDARSE ENCERRADAS, NO TRABAJAR, NI HABLAR CON LOS HOMBRES. TODO EL MUNDO DEBE REZAR CINCO VECES AL DIA O SER APALEADO POR LA RECIEN CREADA POLICIA RELIGIOSA MUSULMANA.
En Afganistán, las mujeres tienen prohibido trabajar, salir solas, manejar y estar con hombres que no sean parientes. Si caminan por las calles, deben estar cubiertas de pies a cabeza. para que ninguna parte de su cuerpo tiente a los varones. Si toman una micro, deben sentarse por separado de los hombres. Cualquier infracción será duramente penada por la flamante policía religiosa. ¿Locura, machismo exacerbado? La explicación es simple: en Afganistán acaba de tomar el poder una facción fundamentalista extremista, lista para retrasar el reloj a los siglos profundos del Islam. 

A fines de septiembre, la facción armada fundamentalista Talibán tomó el poder en este antiguo reino de Asia. Era un paso más en la larga guerra civil afgana, agravada por la invasión soviética en 1979. Pero este paso fue muy distinto ya que los invasores fueron seminaristas y estudiosos religiosos y fanáticos musulmanes.
En los últimos veinte años, este país pobrísimo y aislado, vivió en guerra. Las tribus peleaban entre sí y con el gobierno central apoyado por los rusos y dueño apenas de las ciudades. Pero en las interminables montañas, los señores feudales eran reyes, enviando ejércitos bien equipados a combatir al gobierno nacional. Hace dos años, dos de esros jefes de la guerra tomaron la capital y la demolieron luchando entre sí. De los más profundo del país en ruinas -Afganistán es el país de las viudas, de los lisiados y los edificios quemados y derruidos- surgió el primer movimiento que no tenía un señor feudal ni una identidad étnica, los talibán. 

Malos guerreros, pero buenos organizadores, estos estudiantes religiosos comenzaron su carrera al poder desde el exilio, en Pakistán. En apenas dos años, llegaron a Kabul, controlando cuatro quintas partes del país e imponiendo la ley islámica más rígida en todas las áreas que gobiernan. Llegados a la capital, se encontraron con lo que más odio: mujeres modernas. Y allí comenzaron los problemas. 

Fotografía 2Las mujeres del Islam viven en un mundo extraño que las hace reinas del hogar, pero las encierra entre cuatro paredes, sin educación, independencia o voz propia. Según la Sharia, la ley de Mahoma registrada en el Corán, la mujer no es en absoluto igual hombre. Ellas son la imagen del alma, mucho más irracionales, frágiles y "proclives a la imaginación" que los hombres, más tacionales. El cuerpo de la mujer es considerado "más fluido" y una fuente de tentaciones que se evitan por el aislamiento y el control estricto. Este aislamiento es también una metáfora filosófica: la imagen del recién casado que contempla por primera vez el cuerpo de su esposa es la metáfora perfecta de la revelación de Alah. 

Medio Oriente, desde los tiempos inmemoriales, sostiene la institución de la poligamia. El profeta y fundador del Islam limitó el número de esposas (a 4) aunque permitió a quel que pudiera mantenerlas a tener la cantidad de concubinas que quisiera, aunque éstas debían ser esclavas porque una mujer libre sólo podía tomarse sino como esposa oficial. En una serie de reglas muy estrictas, explicitadas en la cuarta sura del Corán, Mahoma ordena que todas las esposas sean tratadas por igual, con corrección, que el hombre las mantenga, les dé una dote al casarse y, si se divorcia, que tenga que seguir manteniéndolas. El hombre debe reconocer a todos sus hijos como legítimos, aun lo de las esclavas concubinas y, repartir su herencia en términos iguales. Caso insólito para la época y la región, las mujeres también heredan, son dueñas de su propiedad y de su dote, y pueden acceder y, pueden acceder al divorcio, aunque deben presentar cuatro testigos de los maltratos de su marido. Cuentan las tradiciones que un árabe se cruzó con Mahoma, que tenía en sus brazos a una de sus hijas. El árabe, Imru-ul-Qais, saludó al Profeta y le preguntó "qué es esa oveja que hueles". Cuando Mahoma le contestó que era hija suya, Qais le contó despectivamente que él había tenido muchas hijas, pero las había enterrado vivas apenas nacidas "sin olerlas". Mahoma, enfurecido lo maldijo y le gritó que "es necesario que Dios te haya privado de todo sentimiento humano para no conocer los más dulces placeres que el hombre puede conocer". Entre sus reglas, el Profeta se ocupó de que prohibir matar a las hijas mujeres, bajo pena de torturas infernales. Pero el mismo sabio libro que dejó Mahoma contiene las semillas de los problemas actuales. Según el Corán, la mujer vale la mitad de un hombre: hereda la mitad y su palabra sólo se equipara a la masculina si está respaldada por el testimonio de otra mujer o de un hombre. 

Ni hablar de la autoridad en el hogar, que está firmemente en manos del marido -aunque haya cuatro mujeres en la casa- y la autoridad pública ni se discute, porque una mujer decente ni siquiera puede salir a la calle o hablar con un hombre que no sea pariente. Un ejemplo práctico sobre la diferencia de status se encuentra en el divorcio, muy difícil para la mujer, para el hombre sólo requiere decir tres veces en público "yo te repudio ", lo que en términos modernos equivale a que un hombre se divorcia con sólo desearlo. Cualquiera sea la causa de la separación, la custodia de los hijos es del hombre, que puede prohibir que su ex mujer que los vuelva a ver. Claro que la tradición y la cultura alteran y siempre alteraron estas leyes, como sucede en cualquier país del mundo. La literatura árabe guarda el recuerdo de mujeres sabias y talentosas como muzna, secretaria del califa de Córdoba, España, en la Edad Media, o como Sarga, famosa en el Islam por su poesía y erudición literaria. Y no es raro ver en varios países musulmanes mujeres profesionales, ejecutivas, y hasta políticas. Son los mismos países donde los velos son apenas una costumbre de las más ancianas y donde la mayoría de las mujeres van a cara descubierta, cubriéndose el pelo con una pañoleta de colores.
Pero los fundamentalistas odian estas sociedades (Argelia, Marruecos, Palestina) con pasión y ponen como ejemplo a países como Arabia Saudita o los Emiratos Arabes, donde los gobiernos reprimen ferozmente a cualquiera que quiebre la interpretación más ortodoxa. Las mujeres saudíes, entre las más ricas del mundo, no pueden manejar ni ejercer profesiones que vayan más allá de la educación o la ginecología, son azotadas en plena calle si tienen un gesto fuera de lugar o muestran la menor porción del cuerpo. Es muy común que las casas tengan zonas vedadas a los visitantes, el "harem" , adonde las esposas e hijas son confinadas.
Para atender a un amigo o conversar, las mujeres de la casa se ocultan detrás de una cortina pesada, que permita oír, pero no ver. Las iraníes estuvieron entre las más liberadas hasta que llegó la revolución del ayatolah Khomeini en 1979. Consultorios, oficinas y empresas se vaciaron de mujeresm y las tiendas se llenaron de oscuros y largos chador, velos de uso obligatorio. Claro que los relojes pueden retrasarse sólo hasta un punto y los herederos de Khomeini fueron suavizando las condiciones de la mujer en su país. Hasta le permitieron servir en el ejército, con uniforme de fajina, velo y ametralladora rusa. Nunca se les prohibió trabajar o estudiar. 

Los talibán comenzaron de inmediato a aplicar su propia versión de la sharia, tan rígida como la saudí o la iraní, pero aun más simple y conservadora en las costumbres. Las escuelas de niñas fueron cerradas y se expulsó a todas las mujeres, tanto alumnas como maestras de los colegios mixtos. El Estado, que empleaba miles de mujeres, las despidió a todas, y una ley prohibió a las mujeres ganarse la vida fuera del hogar. La misma ley impuso la decapitación para los criminales, la muerte por lapidación (es decir a piedrazos) para los adúlteros y por la espada para las mujeres infieles, y la pérdida de un dedo para los idólatras y una mano para los ladrones. 

La prohibición para trabajar paralizó a las organizaciones no- gubernamentales que operaban en Kabul y empleaban a muchas mujeres. Grupos como Terre des Hommes y Care of Afganistán, que cuidaban la salud y alimentaban a los huérfanos de guerra, tuvieron que suspender sus actividades.

Las mujeres hicieron oír su protesta: apenas en Kabul, la capital, hay más de 30.000 viudas que no tienen familia y que tienen que mantener a sus hijos con su trabajo. Los talibán, al parecer, no se inmutaron y pusieron a su ejército a arrear traunseúntes a las mezquitas, a palos y culatazos. Una vez en los templos, los afganos tuvieron oportunidad de escuchar un sermón oficial que decía que "la mujer es una flor que debe permanecer en la casa, en agua para que el hombre al volver huela su perfume".
Más de 250.000 afganos de clase media dejaron Kabul, rumbo al exilio en Pakistán, un país también musulman pero no fundamentalista. Las medidas de los talisbán fueron condenadas hasta por Irán, que las llamó "violentas obtusas y reaccionarias", mientras que las Naciones Unidas anunció que no tolerará que se descrimine contra las mujeres y retirará toda ayuda humanitaria y económica. 


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Santiago de Chile, 1996



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