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De todas estas mujeres que han acudido gozosas a celebrar su fiesta en las plazas de las ciudades, satisfechas de pertenecer al Primer Mundo, de vivir rodeadas de bienestar, con acceso a la educación y a la cultura, contentas de tener un trabajo y una economía propias, que se sienten solidarias y fuertes ¿cuántas saben dónde está Afganistán? ¿qué guerras lleva padeciendo?¿con qué economía cuenta? ¿qué potencias occidentales se disputan el fantástico gaseoducto en construcción que atraviesa el país por entero y cuáles de ellas han espoleado a los tan mentados talibanes para que sirvieran a sus intereses? Podríamos continuar haciendo preguntas sin hallar nadie que nos respondiera. No tenemos ni idea, Y la prueba es que en las desdichadas circunstancias que han padecido allí recientemente, con motivo de unos terremotos, la ayuda internacional y las unidades de rescate llegaron tarde y mal, por falta de comunicación y también, desde luego, por las dificultades añadidas por una orografía complicada. Hay desconocimiento y temor. Sólo sabemos lo que nos han contado con varias fotografías, repetidas una y otra vez hasta convertirlas en estereotipo. Con cuatro clichés nos han servido en el televisor a la hora de la cena la iconografía de un pueblo. Y se despierta el espíritu misionero de los europeos que planea inmediatamente la redención del pueblo salvaje. Se reaviva el espíritu colonialista que estudia a las etnias con cierta curiosidad y commiseración, asimilándolas, para ponerlas pronto a disposición de sus conveniencias, que son las buenos y correctas sin duda alguna. No hay fisuras en la mente del misionero, está en posesión de la verdad. Así podemos leer en la prensa frases como "pobres afganas, que no pueden vestir con normalidad..." ¿A qué normalidad se refieren? Ellas visten según su norma, que es la que hasta el momento se ha venido adecuando a su estilo de vida, a sus necesidades, a sus condiciones climatológicas, a sus costumbres y a su gusto. Recordemos lo ocurrido a este respecto con los "negritos" (así nos enseñaban en la escuela con los Aguiluchos y demás) de África. Los misioneros les enseñaron a tapar sus desnudeces mientras en la metrópoli se iban desnudando cada vez más hasta reivindicar para sí esa desnudez, cambiando las tornas. Éso cuando su costumbre era ir semidesnudos; en el caso en que lo propio era cubrirse se apresuraban a irles quitando velos, como ocurre con las musulmanas. Hace unos años nos asombrábamos ante los reportajes que Carmen Sarmiento nos ofrecía en la TV. Uno de ellos relataba la situación de las "mujeres jirafa", así llamadas porque sus cuellos estaban exageradamente alargados con unos collares metálicos. Unas mujeres sufridas y desgraciadas. Pues ahí es nada, ahora se pueden comprar en París unas réplicas de esos collares en plástico, por la módica cantidad de 3000 dólares. Al parecer la alta carga erótica que poseen bien justifica ese precio.Ya no son mujeres desgraciadas, son ricas y llenas de glamour. Disfrutamos con la música étnica, están de moda la ropa y los peinados étnicos, etc. Descalificamos su realidad, pero apreciamos grandemente sus productos, que son los únicos genuinos que existen en este mundo que se homogeiniza a marchas forzadas y no puede tolerar una manifestación de un sentir auténtico si no es en un espectáculo. Los pueblos se componen de hombres y mujeres, de familias, y sus instituciones y costumbres son como un rompecabezas en el que cada pieza tiene su sitio. Si se cambia alguna, hay que generar un cambio en las piezas adyacentes. ¡Pobres afganos! se podría decir más bien. Las potencias os acechan: algo quieren. Y me consta que gran número
de esas mujeres que pide justicia y liberación para las mujeres
de Afganistán, algunas de ellas compañeras y amigas mías,
están cargadas de buena intención; las consignas van dirigiendo
su compasión y sus tiernos sentimientos de solidaridad.
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El Baul
6 de marzo de 1999
12 de mayo del 2000
19 de octubre de 2001
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